sábado, mayo 25, 2013

MARCIANITOS

 
 
 
Los marcianitos de arriba son ángeles de las guacamayas producidos por la difracción, en el velo de la ventana, de las luces de los faroles de la calle y de los edificios del fondo.
Estos ángeles de las guacamayas son generados por difracción de reflejos de luz natural.

viernes, mayo 24, 2013

Navegando sobre las nubes y sobre la selva del Chocó


Efectos extraños de los hongos alucinógenos que le cayeron a mi cámara durante un viaje reciente al Chocó

Realmente se trata de un fenómeno óptico parecido al efecto estroboscópico, producido por el acoplamiento de la hélice con la velocidad de obturación de la videograbadora (cuadros por segundo)




domingo, mayo 12, 2013

LA PERCEPCIÓN DEL MILAGRO



Hoy hace doce años se murió mi mamá. Dos meses antes, por los días en que mataron a Rodrigo Lara, nos habían entregado la ecografía que indicaba que la enfermedad que la afectaba no era una hepatitis, como inicialmente habiamos confiado, sino un cáncer terminal. Con toda la benevolencia de que eran capaces, los médicos nos siguieron la corriente sobre la remotísima posibilidad de que se hubiera cometido algún error, o de que se hubiera cambiado el resultado, y aceptaron repetir el examen.

No quedaba duda: cáncer terminal. Como ya no teníamos la esperanza del error humano, nos tocaba entonces confiar en un milagro. Pero eso fue después.

Primero, había que decidir si se le contaba o no. Mi hermana y yo, desde un principio, fuimos partidarios de que sí, más por egoismo que por frialdad. Porque para poder hablar con ella sobre la inminencia de su muerte, con toda la confianza con que uno quiere compartir las tristezas más hondas del alma con su mamá, ella tenía que saber la verdad. Yo asumí la responsabilidad de contarle la naturaleza de la enfermedad, pero pasó algún tiempo antes de que encontrara los eufemismos adecuados. 

Después resultó que habían sido innecesarias todas nuestras cavilaciones y dudas anteriores, porque cuando yo, en mi ingenua tentativa de llegar al tema por las ramas, le pregunté qué pasaría si no tuviera una hepatitis sino “algo más grave”, ella me contestó que desde un primer momento sabía que lo que tenía era cáncer y que nos había cogido la caña de la hepatitis sólo para no decepcionarnos sobre la eficacia de nuestra mentira piadosa.

Fue entonces cuando yo comencé a manejar la hipótesis de que tenía que producirse un milagro, porque lo que estaba en juego era, nada menos, el prestigio profesional de Dios ante nosotros como hacedor de milagros.

Pero ella decía que no: que nadie había nacido para quedarse de muestra. Por el contrario, se sentía plenamente agradecida con la vida por el amor explícito de toda la gente que la rodeaba, valga decir, en sus propias palabras, por “el cariño de todo Popayán”.

Nosotros tuvimos dos meses para otorgarnos con ella, mutuamente, el paz y salvo. Para que no quedara nada sin decir, ni recomendación sin anotar, ni alegría sin revivir, ni herida -por pequeña que fuera- sin perdonar. Yo alcancé a escribir una nota sobre ella en EL LIBERAL, que comenzaba parafraseando a San Francisco de Asis: “El Señor hizo de ella un instrumento de su paz...”  Cuando comencé a leérsela, se me quebró la voz y no pude seguir. Ella cogió el periódico y leyó el artículo con voz firme hasta el final.

 

Mi mamá tuvo tiempo de decidir y de decir cómo quería que fuera el cajón: de madera cepillada nomás. Se lo hizo en el taller de ebanistería del SENA el maestro Armando Terán. El maestro Fidel de los Reyes talló en la misma madera un pequeño sol sonriente que adherimos al cajón. Sobre la tapa, dos listones delgados en forma de cruz.


La velamos en la sala de la casa del tío Victor Chaux, a dos pasos del patio de las azaleas. El entierro fue una tarde de verano, llena de sol. Monseñor Marín (el despachador oficial de todos los de la familia que se van), nos colmó otra vez con su regalo de amistad. Sembramos en la tierra el cajón, en un hueco que cavó personalmente don Tulio Potosí: ella había pedido expresamente no quedar en la pared (para lograr  lo cual se necesitaron varias paladas en el suelo y una para el bolsillo del sepulturero).

Mi mujer, nuestras dos hijas, nuestro hijo, mi hermana y yo (nuestra otra hija, Olivia, no existía todavía: sólo nació cuatro años después, el día del cumpleaños de mi mamá), pusimos en el periódico un aviso agradeciéndoles a quienes habían contribuido a que ella tuviera una vida feliz y una buena muerte. Porque mi mamá nos dijo, expresamente, que no le hacía la menor gracia morirse, pero que, ante la falta de opciones, se moría feliz.

Ella logró hacer de su propia muerte, un acto supremo de afirmación vital. Para ella misma y para los demás. 



Y yo entendí que sí se había producido el milagro. Que los milagros no consisten en contradecir los procesos de la vida (de los cuales la muerte es una parte esencial), sino, precisamente, en poseer la sabiduría para desplegar las velas y dejarse conducir por la naturaleza intrínseca de cada ser. O, en palabras de mi amigo Miguel Grinberg, en “fluir, como fluye la luz, sin remordimientos”... En “dejarse atravesar por las ondas explícitas del Universo”.

El milagro fue adquirir la capacidad de percibir que los milagros están siempre allí, todos los días y en todas partes, en lo que parece más obvio y elemental. Que nosotros mismos (incluida nuestra propia muerte, especialmente si logramos entablar con ella diálogo y amistad), somos la máxima expresión del milagro de existir.

El prestigio profesional de Dios había quedado a salvo.

GUSTAVO WILCHES-CHAUX
Publicado en EL LIBERAL de Popayán el 28 de Junio de 1996

martes, marzo 19, 2013

TRAS CUMPLIR SU ENCARGO DE RAYOS, REGRESA LA TEMPESTAD

LA TEMPESTAD 
El personaje que ilumina la "Apoteosis de Popayán", el gran cuadro del maestro Efraín Martínez en el Paraninfo Caldas de la Universidad del Cauca 
El atardecer de hoy tras la tempestad sobre Bogotá

lunes, febrero 25, 2013

DROSERA LUJURIOSA


  Todas las fotos fueron tomadas esta mañana en el Jardín Botánico de Bogotá

En los libros de botánica no se menciona esa planta, ni aparece listada en los herbarios que intentan sistematizar la biodiversidad del Amazonas, ni en los atlas hay señales de su localización en las selvas suramericanas.

Sólo se tenía noticia de ella a través de leyendas cada vez más olvidadas, cuyos retazos están en la memoria de los pocos ancianos indígenas que todavía conservan, en una lengua moribunda, vagos recuerdos del conocimiento que sobre esa planta antropófaga les transmitieron sus antepasados.


Y sin embargo, ese hombre sentado en mi estudio, al frente mío, me asegura ser el único sobreviviente de una expedición de treinta hombres que por pura casualidad llegó al único lugar de la Tierra en donde se encuentran esas plantas y, en consecuencia, la única persona viva que por experiencia directa puede dar testimonio de que existen.

Le alego que tiene que haber indígenas del Amazonas que también han visto la planta, pero él me asegura que efectivamente sí han oído de ella, pero que por esa misma razón, durante varias generaciones han evitado acercarse a la región en donde crece. Cuando se enteraron de que la expedición se encaminaba hacia esa zona, los guías indígenas que los acompañaban se negaron a seguir adelante, a pesar de que los expedicionarios ofrecieron triplicarles la paga.


Cuando le pregunto qué sucedió con el resto de los miembros del grupo, me explica que después de que el botánico noruego que dirigía la expedición quedó atrapado en las fauces de una de las plantas, varios hombres intentaron rescatarlo e incluso cortaron el tallo de la hoja voraz a machetazos. Entre varios le abrieron a la fuerza las mandíbulas a la planta cercenada, pero fue tan obstinada la oposición del noruego a que lo liberaran, que pistola en mano amenazó con matar al próximo que se acercara. Impotentes tuvieron qué observar, sin hacer nada, cómo la tenaza carnívora de hojas se cerraba alrededor del cuerpo del botánico, y en los oídos de los expedicionarios quedaron grabados los jadeos del hombre mientras era devorado.


En el curso de las horas siguientes, uno tras otro, todos los expedicionarios, se fueron entregando, como poseídos, al hambre lujuriosa de las plantas y llegó un momento en que los gemidos de los hombres reemplazaron el sonido de las ranas y los pájaros.

Le pregunté cómo había hecho él para salvarse, y me contestó con tono de decepción inocultable, que lo que yo llamaba su salvación, no había dependido de él, sino de que cuando avanzaba con los demás hacia las fauces que los convocaban, se había quedado enredado en unas lianas, y habían resultado inútiles todos sus forcejeos para soltarse.


Después de toda una noche de esfuerzos y artimañas, había logrado sacar sus piernas de la trampa de lianas y se había dirigido hacia las plantas carnívoras, pero las había encontrado a todas como boas satisfechas y agotadas, concentradas en la digestión, sumergidas en un denso sopor tropical de selva húmeda. Había hecho lo posible, me confesó avergonzado, por despertar a alguna de las plantas, por abrirles la boca, pero todas permanecieron herméticamente cerradas a sus súplicas y manos.


Ya para irse de mi casa, el hombre extrajo de su mochila un frasco con agujeros en la tapa. Lo abrió y me mostró su contenido: una plantica diminuta, como una venus atrapamoscas, sembrada como una orquídea, en un delgado lecho de humus. Dijo que me dejaba de regalo esa pequeña prueba de la veracidad de su relato.

La planta se encuentra ahora en una macetera, sobre mi mesa de trabajo. Crece de manera preocupantemente acelerada. Hace tres noches una de sus hojas se transformó en una cápsula pequeña, con una abertura en forma de boca, que ocupa la mitad de su tamaño.


La he estado alimentando con moscas vivas y me llama la atención que, a pesar de que carece de sustancias pegajosas como las que segregan otras plantas carnívoras para retener a sus presas, las moscas no hacen ni el más mínimo esfuerzo para escaparse.

Esta mañana estuve tanteando con mi índice derecho las mandíbulas y labios de esa planta amazónica y la punta de mi dedo penetró hasta su garganta.

He comenzado a comprender los motivos del noruego y el comportamiento de las moscas.


Gustavo Wilches-Chaux
Bogotá, Julio 16 de 2001

Este relato pertenece al libro "El Universo Amarrado a la Pata de la Cama" publicado por Villegas Editores, Octubre 2004




viernes, febrero 22, 2013

domingo, febrero 17, 2013

EN LA CÁMARA DE NIEBLA


DEL COLISIONADOR DE PARTÍCULAS DE POPAYÁN

 

domingo, febrero 10, 2013

LA CALLE



Y LUNA DE NOCHE


¿A quién no le dan ganas de callejear?

miércoles, febrero 06, 2013

PRINCIPIO DE ORALIDAD


El Principio de Oralidad también rige en las nubes
(En el atardecer de Febrero 3)

domingo, enero 27, 2013

viernes, enero 25, 2013

T REX


Cuando desperté esta mañana el Tiranosaurio todavía estaba ahí
(Homenaje a Monterroso, por supuesto)