miércoles, diciembre 24, 2014
lunes, diciembre 15, 2014
martes, noviembre 11, 2014
PETROGLIFOS
Les queda a los arqueólogos del Siglo XXX descifrar el significado de estos petroglifos de la Bogotá Humana del Siglo XXI
domingo, noviembre 02, 2014
LA CÁMARA DE NIEBLA EN EL BOSQUE DE NIEBLA
sábado, noviembre 01, 2014
domingo, septiembre 28, 2014
LA SALUD DEL ALMA, LA SALUD DEL CUERPO Y LA PAZ
Cuando
yo era niño, mi mamá compuso y me enseñó la siguiente oración, sencilla y
breve:
"Dios
mío, bendecime a mí y a todos los que me rodean, danos la salud del alma y la
salud del cuerpo, y dale paz a Colombia, a Venezuela y a Chile".
El
cubrimiento geográfico de la oración se explica porque mis abuelos vivían en
Venezuela y mis tías en Chile. Después mi papá se fué a vivir a Costa Rica, lo
cual implicó que posteriormente incluyéramos también a ese país en la oración.
Vista
así, con casi cuatro décadas de perspectiva, entiendo la influencia especial
que esa forma personal de orar tuvo sobre mí, por diferentes razones:
En
primer lugar, siempre me pareció normal que uno se dirigiera a Dios sin
necesidad de lo que, después vine a saber, se llaman "fórmulas
sacramentales". De manera tácita, se me inculcó que las "propias
palabras" son tan válidas como las oraciones oficiales, y que esas
palabras, además, pueden tener una clara funcionalidad. Que pueden
transformarse según las necesidades y las circunstancias.
En
segundo lugar, y como consecuencia de lo anterior, aprendí también a tutear a
Dios, a dirigirme a él -o a ella- de manera familiar y coloquial, como quien
dice, con el "vos" popayanejo, "hacénos un favor: bendecinos a
mí y a los que nos rodean". De allí, seguramente, surgió mi voluntad de
llegar algún día a donde Yahve, y poder decirle Yavería!
En
tercer lugar, crecí con la convicción de que hay tres cosas que no se pueden
separar: la salud del alma, la salud del cuerpo y la paz. Y de que las
"bendiciones" no son
individuales, sino colectivas. De que yo soy yo, pero además soy
"todos los que me rodean".
De
grande he venido a racionalizar, o más bien, a intelectualizar, algo que desde
niño ví siempre como natural. Los tres hilos con que, según Gramsci, se
construyen la trama y la urdimbre de la realidad de cada cual: las relaciones
con nosotros mismos, con nuestro ambiente y con nuestra comunidad.
Hoy,
quizás, le hubiera agregado a la oración, de manera explícita, "la salud
de la naturaleza", aunque también comprendo que, en cierta forma, ese es
el prerrequisito que hace posible la salud del alma y la salud del cuerpo,
porque la verdadera paz entre los seres humanos es inseparable de la paz con la
naturaleza, y la paz con la naturaleza sólo es posible en un escenario de paz
entre los seres humanos.
En
algunos talleres sobre salud y ecología, he tenido la oportunidad de formular
la siguiente pregunta que propone disyuntivas extremas: ¿Quién goza de
mejor salud, una persona que tiene su presión arterial "normal" y
unos exámenes de laboratorio que indican que clínicamente está
"perfectamente bien", pero que llega a su casa y se encuentra con la
indiferencia o el fastidio de su mujer y de sus hijos, con un ambiente
contaminado y cargado de agresividad, y con la animadversión de sus vecinos; o
una persona a quien le han diagnosticado una enfermedad terminal, pero que pasa
sus últimos días rodeada de aire puro, de paisaje grato, del amor de su casa y
del calor de su comunidad?
Por
supuesto, el estado ideal es el del que, además de estar "perfectamente
bien" en términos estrictamente clínicos, posee amor, sentido de la
existencia y calidad ambiental. Pero, después de una rápida discusión sobre
este punto ("Es preferible ser rico y alentado que pobre y tuberculoso"),
nadie duda en afirmar que el verdadero concepto de salud es algo que tiene que
ver más con el amor y con la paz, que con las radiografías, los exámenes de
laboratorio y la tensión arterial.
¿Cuántos
de los treinta y pico millones de habitantes de Colombia realmente somos sanos? ¿Cúantos de los colombianos que poseen "exámenes normales", se pueden
vanagloriar de ser células sanas, si pertenecemos a una sociedad enferma en la
que el homicidio, tan sólo en 1992, va a cobrar más de treinta mil vidas
humanas? ¿Quién puede hablar de salud individual en un planeta en el que
anualmente mueren 40 millones de personas por desnutrición, y cada minuto se
destruyen 21 hectáreas de bosques tropicales; o en un país como Colombia en el
que cada año mueren 50 mil niños antes de cumplir los cinco años por ausencia
de agua potable y otros problemas ambientales, y en el que anualmente se talan
más de seiscientas mil hectáreas de las selvas y los páramos que permiten que
tengamos aire y agua?
A
partir del momento en que nos reconocemos como la otra mitad del medio
ambiente, y de que entendemos que la piel no es la barrera que nos separa del
mundo, sino un sentido que nos une con el universo circundante y nos hace
viscerálmente conscientes de ser parte de él, comprendemos, o mejor, sentimos
también, que la salud y la enfermedad no son estados individuales sino
colectivos, al igual que la desgracia y la felicidad.
Frases
como la de que "nos duele Colombia", dejan de ser figuras retóricas
para convertirse en descripciones
literales de nuestra sensación vital. Quienes estamos vivos en el aquí y
el ahora, y además somos conscientes de estar vivos y estamos dispuestos a pagar
el precio, nos convertimos en los sentidos de la historia, en los órganos
sensoriales de esos procesos que cuando se agudizan las crisis, se nos meten en
los sueños y en las casas: de esos procesos que se vuelven nuestra
cotidianidad, y que nos duelen, físicamente, materialmente, en los músculos, en
los huesos, en las plantas desnudas de los pies cuando tocan el suelo en las
mañanas.
Pero
al mismo tiempo, mientras las sombras de la violencia, de las múltiples
violencias, parecen cubrir cada vez con mayor ensañamiento nuestro espacio y
nuestro tiempo, la vida lucha por surgir, como en la introducción de Borges al
I Ching, en cada luz, en cada hendidura, en cada grieta del encierro. En la
fisura sutil del muro de concreto en donde brotan el musgo y el helecho. En el
cable frío de alta tensión en donde se aferra a la vida una bromelia. En el
barranco ennegrecido por los exhostos de los camiones y las tractomulas, en
donde pese al hollín florecen las margaritas silvestres y el diente de león.
En
cada lugar donde las manos se juntan a subvertir contra la fatalidad. En la
grietas imperceptibles de la rigidez y del burocratismo, por donde logra
colarse como un hilo la ternura. En medio de la sordidez y de la guerra, en
donde florecen el amor y la caricia. Allí, donde descubrimos que el sentido de
la piel no sólo nos ayuda a adivinar tibiezas y texturas, sino también a
percibir esperanzas y significados. A palpar esa sensación profunda y trémula,
esa intuición de ser uno con el todo que algunos llaman Dios, y que nos sacude
cada vez que posamos los dedos sobre la nervadura de un circuito impreso o de
un ala de libélula, o cuando recorremos con las yemas o los ojos la
evanescencia casi púbica de la niebla en un bosque entre dos lomas, o los
pliegues ajustados de un bluyín sobre otra piel.
Gustavo Wilches-Chaux
Este artículo se publicó en una revista del Ministerio de Salud cuando el Ministro era Camilo González Posso (1990-1992). Acabo de reencontrarlo y creo que muchas cosas siguen vigentes hoy.
Fotos: GWCh 2014
sábado, agosto 30, 2014
FIRST CONTACT
El primer encuentro entre mis dos descendientes varones
El de azul es el mismo que sale AQUÍ , cuando todavía estaba en su nave espacial
Video de @emilianawilches
viernes, agosto 22, 2014
LA BERRAQUERA DE LA VIDA
La planta que aprovechó un poste de concreto para convertirse en palmera
En la Carrera 30 -NQS- de Bogotá
domingo, julio 27, 2014
¡¡¿SE ESTÁN LLEVANDO EL NEVADO DEL TOLIMA?!!
El volcán Nevado del Tolima
¡Y miren dónde va hoy!
Lo cierto es que a las nubes les encanta disfrazarse de montañas para tomarnos el pelo. Ayer nomás fotografié estas falsas montañas tras la verdadera fumarola del Ruiz

Lo bueno de las montañas que no existen es que cambian de forma, de altura y de lugar con enorme facilidad
Esta montaña gigante la fotografié en Mayo
Motivó interesantes comentarios en Twitter
Y con la foto de esta MONTAÑA MÁGICA comencé en 2006 mi blog Teofanías
Otra hube disfrazada de montaña gigante - Agosto 17, 2014
Lo cierto es que a las nubes les encanta disfrazarse de montañas para tomarnos el pelo. Ayer nomás fotografié estas falsas montañas tras la verdadera fumarola del Ruiz
Lo bueno de las montañas que no existen es que cambian de forma, de altura y de lugar con enorme facilidad
Esta montaña gigante la fotografié en Mayo
Motivó interesantes comentarios en Twitter
Y con la foto de esta MONTAÑA MÁGICA comencé en 2006 mi blog Teofanías
Otra hube disfrazada de montaña gigante - Agosto 17, 2014
domingo, junio 29, 2014
¡¡¡CON COMPÁS, MAR!!!
En otra muestra de la berraquera de la Vida, esta rama nació en un hueco que dejó libre una varilla en la estructura del muro del túnel. Durante meses sus hojas han dibujado círculos concéntricos a medida que, al paso de los carros, las mueven las corrientes de aire. (Túnel de la avenida Cincunvalar con 92 - Dirección Sur-Norte). Todo un desafío adivinar de qué se alimenta, cómo se mantiene viva en circunstancias tan complicadas.
Más sobre "La Berraquera de la Vida" en los seres humanos
jueves, mayo 29, 2014
domingo, abril 20, 2014
DE POR QUÉ LA LUNA LLENA TAMBIÉN SALE A ALUMBRAR EN LAS PROCESIONES DE POPAYÁN
Por allá en 1968 yo tenía 14 años y una autorización formal o “excusa” para no ir a misa, dirigida al rector del colegio por mi abuelo, que para efectos prácticos hacía las veces de pater familia. No fue problema conseguir esa autorización, pues en mi núcleo familiar ampliado se respiraba una atmósfera libertaria en materia religiosa, inspirada entre otras fuentes en una permanente simpatía por la memoria del tío bisabuelo Simón Chaux, que a principios del siglo pasado resolvió llevar un “Manifiesto” de los librepensadores de Popayán a un congreso que tuvo lugar en Madrid, y que a su regresó encontró que había sido excomulgado, junto con todos los demás que tuvieron la imprudencia y/o el valor de firmar.
Un
“Manifiesto”, dicho sea de paso, bastante inofensivo e inocuo, como me di
cuenta con decepción años después, cuando no solamente lo leí sino que lo además
lo heredé. No sé si el tío Simón se volvió a traer el que llevó o si se trata
de una copia-original, pues mi ejemplar tiene todas las firmas manuscritas de quienes
los suscribieron y cargaron con los efectos divinos y mundanos de la excomunión.
Por
eso, cuando ese año 1968 nos notificaron que el siguiente Viernes Santo todos
los del Liceo teníamos que presentarnos en la puerta de Santo Domingo con
corbata, una coronita de violetas y un cirio de laurel para salir a alumbrar en
la procesión, me pareció apenas obvio solicitarle a mi abuelo una extensión de
la “excusa”, de manera que pudiera librarme también de ese ritual. Pero para
sorpresa mía, mi abuelo me vació y me
obligó a ir a alumbrar sin posibilidad alguna de apelar.
Debió
ser ya en la calle esa noche de Viernes Santo en Popayán, cuando comencé apenas
a intuir las posibles razones de esa extraña reacción de mi abuelo, que por
supuesto en el primer momento me pareció una incoherencia autoritaria y una imposición.
Sí: fue ahí. Cuando me di cuenta de que con nosotros también había salido la
Luna llena a alumbrar con todo su brillo y en toda su magnitud.
"Earth rise" - La histórica foto de la Tierra desde la Luna tomada por la tripulación de la misión Apolo 8
Eran
los meses previos al despegue la misión Apolo 8 que llevaría por primera vez tres astronautas a la órbita lunar, un paso hacia
el alunizaje que ocurriría menos de un año después. Muy poco
significaba para mí en ese momento la Semana Santa (a pesar de haber sido moquero en mi primera infancia en las
procesiones chiquitas), pero en cambio tenía todos mis sentidos, mis intereses
y mis expectativas puestas en la carrera espacial.
Foto: Manuel Varona (2014)
Y
ahí estaba la Luna, al alcance de la mano en plena calle de Popayán, y abajo
las hileras de alumbrantes, de las cuales formábamos parte mis compañeros y yo. Y los pasos con su cadencia y su crujir, y
las bandas de guerra de la Policía y del Batallón, y la música del Conservatorio
de la Universidad y el coro del Orfeón Obrero, y el olor imborrable del
incienso, y el brillo de la Luna reflejado en “las mallas”, en “los falsos”, en
los floreros y en los demás ornamentos de las andas. Y todas esas sensaciones
que después tuve oportunidad de recrear minuciosamente en el video “Las
procesiones de Popayán: un sentimiento colectivo” (1988) y en el artículo que
con ese mismo título se publicó en el libro de Villegas Editores sobre la
Semana Santa (1999) y en el texto "La Procesión va por dentro", del cual tomó su nombre la exposición que en 2003 se realizó en el Museo
Nacional.
En
ese momento viví lo que sólo aprendí
y entendí racionalmente años después, cuando supe que la palabra “religión”
viene de religare que quiere decir “religar:
volver a unir”.
Y
así mismo, solamente años después entendí que si el aguacero lo permite, la
Luna llena siempre sale a alumbrar en las procesiones de Popayán, porque la
Semana Santa se fija de acuerdo con el calendario lunar: el domingo que sigue a
la primera Luna llena después del equinoccio de primavera [entre el 21 y el 25
de marzo, precisamente cuando escribo este artículo: ¡qué sincronicidad!] es
Domingo de Pascua o Domingo de Resurrección, o sea que el domingo anterior es
Domingo de Ramos. Desde los orígenes mismos del cristianismo, esta celebración
coincide en el calendario con la Pascua Judía, porque de acuerdo con la
Historia Sagrada, en esa época se produjo la Resurrección de Jesús.
Lo
cierto es que tras la Semana Santa y tras la Navidad (que comienza el 8 de
diciembre de cada año con esa fiesta del fuego que es “la noche de las velitas”
o fiesta de la Inmaculada Concepción), como tras tantos otros hitos importantes
del calendario religioso y civil, subyacen unas profundas raíces paganas.
Y
el paganismo –cuya etimología proviene del latín paganus o pagus, que
quiere decir “campo”- hace referencia al que es quizás el más profundo
sentimiento religioso que se puede alcanzar: el que proviene de la convicción y
de la sensación integral de que conformamos una Unidad Sagrada con los demás
seres que conforman la Naturaleza, incluidos por supuesto el agua, los montes,
las estrellas, la Luna y el Sol.
Nada
de eso me dijo mi abuelo cuando ese Viernes Santo me obligó a ir a alumbrar (a portar
el fuego, otra herencia pagana), ni sé si él poseía esa misma concepción que yo
luego adquirí, pero de lo que sí estoy seguro es de que para él era muy
importante la identidad. El sentido de pertenencia a un territorio, que no es
solamente un espacio físico sino sobre todo un estado del alma y una comunión
cultural.
En
la Semana Santa de 1984, cuando la ciudad de Popayán comenzaba apenas a
recuperarse de los efectos del terremoto del 83, pude comprobar en cuerpo y
alma el profundo significado práctico de estos rituales que tienen por objeto
consolidar la identidad. Y que ese año, para Popayán, era precisamente un rito
de resurrección.
Así
fue también para New Orleans el primer “Mardi Gras” tras el desastre desatado
por el huracán Katrina en 2005: un rito de resurrección o de reafirmación de
que a pesar del desastre había logrado sobrevivir la identidad. Curiosamente el
“Mardi Gras” -Martes de Carnaval- se celebra la víspera del Miércoles de
Ceniza, con el cual comienza la Cuaresma: periodo de 40 días anteriores al
Domingo de Ramos. O sea que también se rige indirectamente por el calendario
lunar.
Cuenta
la etimología que Pascua quiere decir “paso”. Los judíos conmemoran en la
Pascua la liberación de la esclavitud de
los egipcios y la vinculan a la división de las aguas del Mar Rojo por Moisés.
En
este momento de la historia, cuando aún sin terremoto o sin huracán, la crisis
se ha vuelto lo normal, estos “ritos de paso” son absolutamente indispensables
para mantener y fortalecer el sentido de proceso, el sentido de cambio con
continuidad, y la identidad y la unidad.
Bogotá, 24 de Marzo de 2014
Este artículo fue publicado en el Especial de Semana Santa de El Nuevo Liberal de Popayán
Este artículo fue publicado en el Especial de Semana Santa de El Nuevo Liberal de Popayán
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