domingo, marzo 27, 2011

POPAIANA: SENSACIONES Y NOSTALGIAS

I

El mapa original y manuscrito esta fechado en 1650 y lleva la firma del cartógrafo inglés Nicholas Comberford. Trazado con fines de marinería, lo cruzan unas líneas rectas que parten de 16 puntos específicos, localizados formando una circunferencia alrededor del centro del mapa, desde -donde a su vez- parten (o a donde llegan) rectas que unen ese centro con los puntos periféricos. Los enterados llaman a esas rectas “líneas direccionales” o “rumbos” y los navegantes las utilizaban para determinar la trayectoria de sus naves en el mar. De hecho, cada uno de los mencionados puntos representa una Rosa de los Vientos, la cual, en algunos casos, está cuidadosamente dibujada con el diseño tradicional de la estrella cuyas puntas señalan los puntos cardinales. En otros, el punto está apenas indicado por el asterisco que forman los rumbos al cruzarse. El mapa, que no es una carta de navegación en sentido estricto, está hecho simplemente para informar al navegante sobre los puertos existentes a lado y lado del Océano Atlántico al norte de la línea ecuatorial. O sea que, teóricamente, Comberford habría podido prescindir de las líneas descritas, o éstas se hallaban en el pergamino antes del dibujo del mapa., Sea lo que sea, lo cierto es que allí están.

Por su misma naturaleza, el mapa es prolífico en nombres de islas y ciudades costeras, pero poco o nada dice sobre el interior de los continentes, caso en el cual se limita a señalar con grandes letras rojas o negras los nombres con que entonces se conocían las regiones situadas en dicha parte del mundo. Sobre lo que hoy es Colombia, por ejemplo, el mapa despliega un gran letrero rojo con el nombre del vasto territorio situado al norte del Perú: “Popaiana”.

Popayán cumplía 113 años cuando el señor Comberford dibujaba en Inglaterra su mapa de puertos para uso de comerciantes, exploradores, aventureros y piratas, y siguiendo una costumbre más o menos extendida (no sé exactamente por qué) entre los cartógrafos del momento, bautizaba “Popaiana” al Nuevo Reyno de Granada, o a lo que algunos cartógrafos de Drake simplemente englobaban bajo el nombre de “West Indias”, preocupándose por destacar únicamente al “Río de la Hacha” y Cartagena.

II

336 años después, por una coincidencia afortunada, me encontré con el mapa de Comberford en el Museo Marítimo de Greenwich, mientras por su lado mi mente andaba ocupada en el oficio de alborotar fantasmas, tratando de cumplir con el compromiso de escribir un artículo para este libro conmemorativo de los 450 años de la Fundación de Popayán.

Popaiana me sale al camino cuando he completado varios días en la delicada y dolorosa tarea de explorar qué se esconde bajo la sutil epidermis de la cotidianidad en Popayán, convencido de que la anécdota es apenas un síntoma de “algo” y, encallado por voluntad propia en este rincón del Mar Océano, sin más objeto inmediato de disección, experimentación y estudio que mi propia nostalgia.

Ingenuamente pensé que iba a poder satisfacer el encargo desempolvando dos o tres artefactos del desván de la memoria, convencido de que encontrar los artefactos apropiados no me iba a tomar más allá de un par de horas.

Creí que los recuerdos son algo que uno tiene y que uno guarda y no algo que uno es, y pretendí ignorar que la memoria es la materia misma de que están constituidas, al menos en parte, la consciencia y la existencia.

Allí, en el desván de la memoria, estuve varias horas sentado en un pequeño espacio que logré abrirme entre los cientos de cajas y maletas y monturas, y más cajas con objetos de uso inescrutable, y el olor de las monturas con su vida propia, sin tener la más remota idea de por dónde empezar, sin atreverme a escoger objeto alguno y decir por aquí es, sin albergar el valor necesario para abrir cualquier maleta e iniciar por ella la exploración de la nostalgia, sospechando quizás, con el pudor que le faltó a Pandora, que cada maleta y cada caja conducen por pasadizos desconocidos a laberintos intrincados, convirtiendo esa buhardilla de memorias por cuyo techo se filtran puntos de luz y cantos de gallo y vecindario (y el transistor de una muchacha que lava ropa en la casa del lado), en un enjambre de agujeros negros dispuestos a engullirse por siempre y para siempre al primer mortal que se les aventure.

III

Ya dije que posiblemente las líneas direccionales del mapa de Comberford estaban trazadas desde antes en el pergamino que el cartógrafo escogió para su carta de puertos, pero así sea por gracia del azar, uno de los asteriscos de rumbos entrecruzados se forma precisamente allí en donde hoy se encuentra Popayán (o donde no se encuentra en muchos mapamundis de confección contemporánea).

Varado allí en mi expedición por la memoria, pienso que sería útil contar siempre con una carta de navegación del subconsciente para uso colectivo, con unas hojas de ruta que le ayudaran a uno a encontrar la posición de (y su posición en) esa que Víctor Paz Otero llamó algo así como “burbuja cósmica en el espacio y en el tiempo”, y que flota exactamente allí, donde florece en el mapa el asterisco mencionado.

IV

En astronomía teórica los agujeros negros son puntos del Universo que concentran tal cantidad de materia, que la fuerza gravitacional que ésta genera impide que cosa alguna escape de ellos, incluso la luz misma. En consecuencia se presume su existencia no porque sea posible verlos, sino por la enorme perturbación gravitacional que generan en el espacio circundante. Los agujeros negros “actúan” como un gran sifón cósmico, tragándose toda materia que se aventure en sus dominios gravitacionales, y especulan los astrónomos que tienen su “salida” en algún Universo paralelo, el cual a su vez tendría sus propios agujeros negros que vendrían a desembocar en nuestro Universo en forma de fuentes descomunales de energía surgiendo aparentemente de la nada. Se habla de agujeros negros en el centro de nuestra galaxia, e incluso de pequeños agujeros negros, agazapados, hambrientos y amenazantes, en algún pliegue perdido del Sistema Solar... por ejemplo, una buhardilla. Yo, por eso, no me arriesgo.

Poco a poco he ido encontrando elementos para cumplir el encargo. Sin atreverme del todo a destapar las maletas con recuerdos ajenos y empolvados, he ido siguiendo algunos hilos que afloran por entre las tapas de las cajas cerradas, pero con cada hilo que he ido halando me he ido yo mismo como destejiendo, como desnudando desde adentro, y mientras más hilo recupero de la caja más grande es el abismo que dentro de mí y a mi alrededor se va abriendo, y más dolorosa y profunda la sensación del vacío. La buhardilla continúa allí, laberíntica, y tengo que hacer un esfuerzo para comprobar que no he sucumbido a la tentación de sus agujeros gravitacionales, o que yo mismo no me he convertido en uno de ellos.

V

Yo no soy un hombre viejo ni he vivido tanto ni he guardado tanto, pero estoy lleno de nostalgias heredadas.

Cuando, por ejemplo, se vendió la finca de mis abuelos, Helechaux, hubo el acuerdo expreso de que Gustavo se lleve a Pico’e plata, el caballo jubilado, y las monturas y una jarra de peltre, y unos rieles y unos armarios y unas camas, pero además yo me traje el olor de las hojas de naranjo que le echaban al platón de aluminio cuando siendo un niño me bañaban en el patio y me traje los rayos de sol bailando en un alero reflejados por el platón y por el agua. Para mí personalmente Popayán es, en el fondo, esa amiba brillante y agitada, proyectada en el alero por el espejo del agua, los quiebrapatas que alguna vez existieron a la entrada del Parque Mosquera (o que a lo mejor nunca existieron), y una muy especial ansiedad que despertaba en mí ver, desde afuera, la luz de las huertas al fondo de las casas.

VI

Repaso en la memoria la ciudad dormida. Ahora camino por una calle que ha adquirido con la lluvia la textura del cuero. Volúmenes blancos navegan como icebergs en el mar de la noche. Unas pocas cuadras más abajo, el sonido de un carro que avanza velózmente tragándose los pares.

1

Popayán de noche es una ciudad distinta: la noche altera la proporción de los espacios.

Me detengo en una esquina a leer los avisos invitando a muerto. Por allí, en alguno, aparezco yo como invitante. Me pregunto cuándo estaré en todos, en calidad de plato fuerte. Mi mamá decía que uno sólo está completamente muerto cuando los avisos del día siguiente tapan los de uno de las esquinas.

Ya no llueve. El cielo ha quedado despejado y desde las calles de Popayán, a pesar de los faroles, se pueden ver fácilmente las estrellas. Pienso cómo sería Popayán en 1910, el año del cometa. Pienso en mi abuelo joven y en sus tíos Chaux viendo el Halley desde “la casa del Carmen”. En virtud de esas asociaciones arbitrarias que uno hace cuando niño y que después acarrea en el subconsciente de por vida, para mí el Halley y mi abuelo siempre fueron una misma cosa. Para mi él era el “dueño” de esa estela luminosa que desplegó el Halley en su penúltima visita a las proximidades de la Tierra y que durante varias semanas presidió el firmamento nocturno del Popayán del año 10. Asimismo, para mi nunca fueron muy nítidos los límites físicos y temporales (si los hubo) entre mi abuelo y sus tíos Chaux y la casa que ya mencioné, frente a la iglesia del Carmen. Para mí todos ellos constituyen más bien una especie de “campo de fuerza” en la memoria, y yo mismo no podría afirmar que poseo una entidad y una identidad distinta a ese campo de fuerza que en algún momento impreciso se convierte en mi propia circunstancia, ni yo mismo podría asegurar exactamente en dónde termino yo y empieza Popayán (o viceversa). O en dónde termino yo y comienzan mis amigos, o mucha gente que teóricamente no conozco pero que veo todos los días; o en dónde terminan mis amigos y empiezan el Volcán Puracé, la Plazuela de Santo Domingo o la Torre del Reloj.

La propia identidad, como la piel, pasan de ser los límites del Yo, a meros puntos de referencia, y uno, condensación temporal de la circunstancia y el instante, se diluye en la atmósfera interior de la burbuja cósmica...

VII

Hace algunos meses, estando y en Bristol, la sonda espacial Giotto, construida en esa misma ciudad por un consorcio de países europeos, cruzó la cabeza del Cometa Halley muy cerca del núcleo. A nivel mundial la televisión transmitió en directo las fotografías enviadas por la sonda, y los ingleses realizaron un programa especial desde el observatorio de Greenwich, situado en una amable colina, a unos pocos centenares de metros del Museo Marítimo en donde se conserva el mapa de Comberford.

Cometa Halley - Foto: Discovery

Era media noche -de una noche de invierno- y mis tres hijos dormían plácida y profundamente, a pesar de mis inútiles esfuerzos para mantenerlos despiertos, porque quería que vieran el encuentro de la sonda espacial con el cometa de su bisabuelo.

Cuando lo que quede del Halley regrese a las vecindades de la Tierra en el 2062, si ellos todavía están, ya serán viejos, y seguramente tendrán nietos a quienes les habrán contado que el abuelo de su bisabuelo vió nítidamente y a simple vista el Halley sobre Popayán en 1910, y que su bisabuelo, en el 86, trato de mantenerlos despiertos para que lo vieran por televisión. Y sus nietos, acostumbrados a la cotidianidad de los viajes interplanetarios y las estaciones orbitales, los escucharán con la ternura benévola que otorgan las nostalgias heredadas, y cuando asciendan a esculcar en el desván de sus propias memorias, y se dediquen a destejer su realidad hijo por hilo en busca de una pista, descubrirán que hay un no sé qué indefinible y eterno en la burbuja cósmica, una como relación de pertenencia que hace que todo lo que alguna vez nació en Popayán tienda a volver, sin importar el número de generaciones o las metamorfosis intermedias, y que los rumbos que parten del asterisco de los vientos en la Popaiana de Comberford, son a la vez el signo de la diáspora y los lazos que atan indisolublemente cada célula a su origen.

Great Milton, Oxford

Octubre 10 de 1986


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