martes, noviembre 11, 2014

PETROGLIFOS


Les queda a los arqueólogos del Siglo XXX descifrar el significado de estos petroglifos de la Bogotá Humana del Siglo XXI

 
  


domingo, noviembre 02, 2014

LA CÁMARA DE NIEBLA EN EL BOSQUE DE NIEBLA






LOS PRECURSORES


OTRAS CÁMARAS DE NIEBLA EN MIS BLOGS




Y otras capturas de mi paseo con Luna en la mañana de hoy

Amanecer entre los muros

Martín pescador

                         
A la caza del óvulo

Monte fusión

sábado, noviembre 01, 2014

ENCUENTROS AL AMANECER


 EVA

EL GRITO

EL SEÑOR DIRECTOR
Aparición por el Oriente, a las 5:20 pm de ayer

domingo, septiembre 28, 2014

LA SALUD DEL ALMA, LA SALUD DEL CUERPO Y LA PAZ


Cuando yo era niño, mi mamá compuso y me enseñó la siguiente oración, sencilla y breve:
"Dios mío, bendecime a mí y a todos los que me rodean, danos la salud del alma y la salud del cuerpo, y dale paz a Colombia, a Venezuela y a Chile".
El cubrimiento geográfico de la oración se explica porque mis abuelos vivían en Venezuela y mis tías en Chile. Después mi papá se fué a vivir a Costa Rica, lo cual implicó que posteriormente incluyéramos también a ese país en la oración.

Vista así, con casi cuatro décadas de perspectiva, entiendo la influencia especial que esa forma personal de orar tuvo sobre mí, por diferentes razones:

En primer lugar, siempre me pareció normal que uno se dirigiera a Dios sin necesidad de lo que, después vine a saber, se llaman "fórmulas sacramentales". De manera tácita, se me inculcó que las "propias palabras" son tan válidas como las oraciones oficiales, y que esas palabras, además, pueden tener una clara funcionalidad. Que pueden transformarse según las necesidades y las circunstancias.
En segundo lugar, y como consecuencia de lo anterior, aprendí también a tutear a Dios, a dirigirme a él -o a ella- de manera familiar y coloquial, como quien dice, con el "vos" popayanejo, "hacénos un favor: bendecinos a mí y a los que nos rodean". De allí, seguramente, surgió mi voluntad de llegar algún día a donde Yahve, y poder decirle Yavería!

En tercer lugar, crecí con la convicción de que hay tres cosas que no se pueden separar: la salud del alma, la salud del cuerpo y la paz. Y de que las "bendiciones" no son  individuales, sino colectivas. De que yo soy yo, pero además soy "todos los que me rodean".
De grande he venido a racionalizar, o más bien, a intelectualizar, algo que desde niño ví siempre como natural. Los tres hilos con que, según Gramsci, se construyen la trama y la urdimbre de la realidad de cada cual: las relaciones con nosotros mismos, con nuestro ambiente y con nuestra comunidad.

Hoy, quizás, le hubiera agregado a la oración, de manera explícita, "la salud de la naturaleza", aunque también comprendo que, en cierta forma, ese es el prerrequisito que hace posible la salud del alma y la salud del cuerpo, porque la verdadera paz entre los seres humanos es inseparable de la paz con la naturaleza, y la paz con la naturaleza sólo es posible en un escenario de paz entre los seres humanos.

En algunos talleres sobre salud y ecología, he tenido la oportunidad de formular la siguiente pregunta que propone disyuntivas extremas: ¿Quién goza de mejor salud, una persona que tiene su presión arterial "normal" y unos exámenes de laboratorio que indican que clínicamente está "perfectamente bien", pero que llega a su casa y se encuentra con la indiferencia o el fastidio de su mujer y de sus hijos, con un ambiente contaminado y cargado de agresividad, y con la animadversión de sus vecinos; o una persona a quien le han diagnosticado una enfermedad terminal, pero que pasa sus últimos días rodeada de aire puro, de paisaje grato, del amor de su casa y del calor de su comunidad?
Por supuesto, el estado ideal es el del que, además de estar "perfectamente bien" en términos estrictamente clínicos, posee amor, sentido de la existencia y calidad ambiental. Pero, después de una rápida discusión sobre este punto ("Es preferible ser rico y alentado que pobre y tuberculoso"), nadie duda en afirmar que el verdadero concepto de salud es algo que tiene que ver más con el amor y con la paz, que con las radiografías, los exámenes de laboratorio y la tensión arterial.

¿Cuántos de los treinta y pico millones de habitantes de Colombia realmente somos sanos? ¿Cúantos de los colombianos que poseen "exámenes normales", se pueden vanagloriar de ser células sanas, si pertenecemos a una sociedad enferma en la que el homicidio, tan sólo en 1992, va a cobrar más de treinta mil vidas humanas? ¿Quién puede hablar de salud individual en un planeta en el que anualmente mueren 40 millones de personas por desnutrición, y cada minuto se destruyen 21 hectáreas de bosques tropicales; o en un país como Colombia en el que cada año mueren 50 mil niños antes de cumplir los cinco años por ausencia de agua potable y otros problemas ambientales, y en el que anualmente se talan más de seiscientas mil hectáreas de las selvas y los páramos que permiten que tengamos aire y agua?

 A partir del momento en que nos reconocemos como la otra mitad del medio ambiente, y de que entendemos que la piel no es la barrera que nos separa del mundo, sino un sentido que nos une con el universo circundante y nos hace viscerálmente conscientes de ser parte de él, comprendemos, o mejor, sentimos también, que la salud y la enfermedad no son estados individuales sino colectivos, al igual que la desgracia y la felicidad. 

Frases como la de que "nos duele Colombia", dejan de ser figuras retóricas para convertirse en descripciones  literales de nuestra sensación vital. Quienes estamos vivos en el aquí y el ahora, y además somos conscientes de estar vivos y estamos dispuestos a pagar el precio, nos convertimos en los sentidos de la historia, en los órganos sensoriales de esos procesos que cuando se agudizan las crisis, se nos meten en los sueños y en las casas: de esos procesos que se vuelven nuestra cotidianidad, y que nos duelen, físicamente, materialmente, en los músculos, en los huesos, en las plantas desnudas de los pies cuando tocan el suelo en las mañanas.
Pero al mismo tiempo, mientras las sombras de la violencia, de las múltiples violencias, parecen cubrir cada vez con mayor ensañamiento nuestro espacio y nuestro tiempo, la vida lucha por surgir, como en la introducción de Borges al I Ching, en cada luz, en cada hendidura, en cada grieta del encierro. En la fisura sutil del muro de concreto en donde brotan el musgo y el helecho. En el cable frío de alta tensión en donde se aferra a la vida una bromelia. En el barranco ennegrecido por los exhostos de los camiones y las tractomulas, en donde pese al hollín florecen las margaritas silvestres y el diente de león. 

En cada lugar donde las manos se juntan a subvertir contra la fatalidad. En la grietas imperceptibles de la rigidez y del burocratismo, por donde logra colarse como un hilo la ternura. En medio de la sordidez y de la guerra, en donde florecen el amor y la caricia. Allí, donde descubrimos que el sentido de la piel no sólo nos ayuda a adivinar tibiezas y texturas, sino también a percibir esperanzas y significados. A palpar esa sensación profunda y trémula, esa intuición de ser uno con el todo que algunos llaman Dios, y que nos sacude cada vez que posamos los dedos sobre la nervadura de un circuito impreso o de un ala de libélula, o cuando recorremos con las yemas o los ojos la evanescencia casi púbica de la niebla en un bosque entre dos lomas, o los pliegues ajustados de un bluyín sobre otra piel. 
Gustavo Wilches-Chaux
Este artículo se publicó en una revista del Ministerio de Salud cuando el Ministro era Camilo González Posso (1990-1992). Acabo de reencontrarlo y creo que muchas cosas siguen vigentes hoy. 
Fotos: GWCh 2014

sábado, agosto 30, 2014

FIRST CONTACT




El primer encuentro entre mis dos descendientes varones

El de azul es el mismo que sale AQUÍ  , cuando todavía estaba en su nave espacial

viernes, agosto 22, 2014

LA BERRAQUERA DE LA VIDA


 
La planta que aprovechó un poste de concreto para convertirse en palmera
En la Carrera 30 -NQS- de Bogotá

domingo, julio 27, 2014

¡¡¿SE ESTÁN LLEVANDO EL NEVADO DEL TOLIMA?!!


 Los nevados de la Cordillera Central, cómo y donde estaban en 
Junio 2013

 El volcán Nevado del Tolima

¡Y miren dónde va hoy!

Lo cierto es que a las nubes les encanta disfrazarse de montañas para tomarnos el pelo. Ayer nomás fotografié estas falsas montañas tras la verdadera fumarola del Ruiz
 
 Lo bueno de las montañas que no existen es que cambian de forma, de altura y de lugar con enorme facilidad

Esta montaña gigante la fotografié en Mayo
Motivó interesantes comentarios en Twitter

Y con la foto de esta MONTAÑA MÁGICA comencé en 2006 mi blog Teofanías

Otra hube disfrazada de montaña gigante - Agosto 17, 2014


domingo, junio 29, 2014

¡¡¡CON COMPÁS, MAR!!!



En otra muestra de la berraquera de la Vida, esta rama nació en un hueco que dejó libre una varilla en la estructura del muro del túnel. Durante meses sus hojas han dibujado círculos concéntricos a medida que, al paso de los carros, las mueven las corrientes de aire. (Túnel de la avenida Cincunvalar con 92 - Dirección Sur-Norte). Todo un desafío adivinar de qué se alimenta, cómo se mantiene viva en circunstancias tan complicadas.

Más sobre "La Berraquera de la Vida" en los seres humanos

jueves, mayo 29, 2014

EPOPEYA EN LA SOMBRAS


 
Quisiera poder descifrar las historias que cuentan estas sombras. 
Voy a intentar

domingo, abril 20, 2014

DE POR QUÉ LA LUNA LLENA TAMBIÉN SALE A ALUMBRAR EN LAS PROCESIONES DE POPAYÁN



Por allá en 1968 yo tenía 14 años y una autorización formal o “excusa” para no ir a misa, dirigida al rector del colegio por mi abuelo, que para efectos prácticos hacía las veces de pater familia. No fue problema conseguir esa autorización, pues en mi núcleo familiar ampliado se respiraba una atmósfera libertaria en materia religiosa, inspirada entre otras fuentes en una permanente simpatía por la memoria del tío bisabuelo Simón Chaux, que a principios del siglo pasado resolvió llevar un “Manifiesto” de los librepensadores de Popayán a un congreso que tuvo lugar en Madrid, y que a su regresó encontró que había sido excomulgado, junto con todos los demás que tuvieron la imprudencia y/o el valor de firmar.

Un “Manifiesto”, dicho sea de paso, bastante inofensivo e inocuo, como me di cuenta con decepción años después, cuando no solamente lo leí sino que lo además lo heredé. No sé si el tío Simón se volvió a traer el que llevó o si se trata de una copia-original, pues mi ejemplar tiene todas las firmas manuscritas de quienes los suscribieron y cargaron con los efectos divinos y mundanos de la excomunión.


Por eso, cuando ese año 1968 nos notificaron que el siguiente Viernes Santo todos los del Liceo teníamos que presentarnos en la puerta de Santo Domingo con corbata, una coronita de violetas y un cirio de laurel para salir a alumbrar en la procesión, me pareció apenas obvio solicitarle a mi abuelo una extensión de la “excusa”, de manera que pudiera librarme también de ese ritual. Pero para sorpresa mía, mi abuelo me vació y me obligó a ir a alumbrar sin posibilidad alguna de apelar.

Debió ser ya en la calle esa noche de Viernes Santo en Popayán, cuando comencé apenas a intuir las posibles razones de esa extraña reacción de mi abuelo, que por supuesto en el primer momento me pareció una incoherencia autoritaria y una imposición. Sí: fue ahí. Cuando me di cuenta de que con nosotros también había salido la Luna llena a alumbrar con todo su brillo y en toda su magnitud.

"Earth rise" - La histórica foto de la Tierra desde la Luna tomada por la tripulación de la misión Apolo 8

Eran los meses previos al despegue la misión Apolo 8 que llevaría por primera vez tres astronautas a la órbita lunar, un paso hacia el alunizaje que ocurriría menos de un año después. Muy poco significaba para mí en ese momento la Semana Santa (a pesar de haber sido moquero en mi primera infancia en las procesiones chiquitas), pero en cambio tenía todos mis sentidos, mis intereses y mis expectativas puestas en la carrera espacial.


Foto: Manuel Varona (2014)

Y ahí estaba la Luna, al alcance de la mano en plena calle de Popayán, y abajo las hileras de alumbrantes, de las cuales formábamos parte mis compañeros y yo.  Y los pasos con su cadencia y su crujir, y las bandas de guerra de la Policía y del Batallón, y la música del Conservatorio de la Universidad y el coro del Orfeón Obrero, y el olor imborrable del incienso, y el brillo de la Luna reflejado en “las mallas”, en “los falsos”, en los floreros y en los demás ornamentos de las andas. Y todas esas sensaciones que después tuve oportunidad de recrear minuciosamente en el video “Las procesiones de Popayán: un sentimiento colectivo” (1988) y en el artículo que con ese mismo título se publicó en el libro de Villegas Editores sobre la Semana Santa (1999) y en el texto "La Procesión va por dentro", del cual tomó su nombre la exposición que en 2003 se realizó en el Museo Nacional.


En ese momento viví lo que sólo aprendí y entendí racionalmente años después, cuando supe que la palabra “religión” viene de religare que quiere decir “religar: volver a unir”.

Y así mismo, solamente años después entendí que si el aguacero lo permite, la Luna llena siempre sale a alumbrar en las procesiones de Popayán, porque la Semana Santa se fija de acuerdo con el calendario lunar: el domingo que sigue a la primera Luna llena después del equinoccio de primavera [entre el 21 y el 25 de marzo, precisamente cuando escribo este artículo: ¡qué sincronicidad!] es Domingo de Pascua o Domingo de Resurrección, o sea que el domingo anterior es Domingo de Ramos. Desde los orígenes mismos del cristianismo, esta celebración coincide en el calendario con la Pascua Judía, porque de acuerdo con la Historia Sagrada, en esa época se produjo la Resurrección de Jesús.

Lo cierto es que tras la Semana Santa y tras la Navidad (que comienza el 8 de diciembre de cada año con esa fiesta del fuego que es “la noche de las velitas” o fiesta de la Inmaculada Concepción), como tras tantos otros hitos importantes del calendario religioso y civil, subyacen unas profundas raíces paganas.


Y el paganismo –cuya etimología proviene del latín paganus o pagus, que quiere decir “campo”- hace referencia al que es quizás el más profundo sentimiento religioso que se puede alcanzar: el que proviene de la convicción y de la sensación integral de que conformamos una Unidad Sagrada con los demás seres que conforman la Naturaleza, incluidos por supuesto el agua, los montes, las estrellas, la Luna y el Sol.

Nada de eso me dijo mi abuelo cuando ese Viernes Santo me obligó a ir a alumbrar (a portar el fuego, otra herencia pagana), ni sé si él poseía esa misma concepción que yo luego adquirí, pero de lo que sí estoy seguro es de que para él era muy importante la identidad. El sentido de pertenencia a un territorio, que no es solamente un espacio físico sino sobre todo un estado del alma y una comunión cultural.

En la Semana Santa de 1984, cuando la ciudad de Popayán comenzaba apenas a recuperarse de los efectos del terremoto del 83, pude comprobar en cuerpo y alma el profundo significado práctico de estos rituales que tienen por objeto consolidar la identidad. Y que ese año, para Popayán, era precisamente un rito de resurrección.


Así fue también para New Orleans el primer “Mardi Gras” tras el desastre desatado por el huracán Katrina en 2005: un rito de resurrección o de reafirmación de que a pesar del desastre había logrado sobrevivir la identidad. Curiosamente el “Mardi Gras” -Martes de Carnaval- se celebra la víspera del Miércoles de Ceniza, con el cual comienza la Cuaresma: periodo de 40 días anteriores al Domingo de Ramos. O sea que también se rige indirectamente por el calendario lunar.

Cuenta la etimología que Pascua quiere decir “paso”. Los judíos conmemoran en la Pascua  la liberación de la esclavitud de los egipcios y la vinculan a la división de las aguas del Mar Rojo por Moisés.

En este momento de la historia, cuando aún sin terremoto o sin huracán, la crisis se ha vuelto lo normal, estos “ritos de paso” son absolutamente indispensables para mantener y fortalecer el sentido de proceso, el sentido de cambio con continuidad, y la identidad y la unidad.

Bogotá, 24 de Marzo de 2014



Este artículo fue publicado en el Especial de Semana Santa de El Nuevo Liberal de Popayán